¿Por qué procrastinamos? Todos hemos pensado alguna vez “lo haré mañana” o “cuando tenga más tiempo me pongo”. Procrastinar no consiste simplemente en aplazar una tarea, sino en retrasarla de forma innecesaria aunque seamos conscientes de que tenemos que hacerla. Y, aunque muchas veces lo relacionamos con la pereza o con una mala organización, la psicología apunta a algo más complejo: las emociones tienen mucho que ver con nuestra tendencia a procrastinar.
No siempre es falta de ganas
Cuando tenemos delante una tarea que nos resulta aburrida, difícil, frustrante o que nos genera cierta ansiedad, nuestro cerebro busca una forma rápida de sentirnos mejor.
En ese momento aparece la tentación de hacer cualquier otra cosa: mirar el móvil, ordenar algo, ver un capítulo, responder mensajes o incluso empezar otra tarea menos importante.
El problema es que, al evitar durante un rato aquello que nos genera malestar, conseguimos un alivio inmediato. Nos sentimos mejor durante unos minutos, aunque la tarea sigue pendiente.
Por eso, la procrastinación puede funcionar como una forma de regular nuestras emociones a corto plazo. No estamos evitando únicamente hacer algo; muchas veces estamos intentando evitar como nos hace sentir hacerlo.
¿Qué tareas solemos procrastinar más?
No todas las tareas generan la misma resistencia. Es más habitual posponer aquellas que percibimos como desagradables, aburridas, difíciles o que pueden hacernos sentir inseguros.
Por ejemplo:
- Una tarea para la que pensamos que no estamos preparados.
- Algo que nos da miedo hacer mal.
- Una actividad que nos resulta aburrida.
- Un proyecto demasiado grande y difícil de empezar.
- Una tarea relacionada con una decisión importante.
También puede aparecer el perfeccionismo. Cuando sentimos que algo tiene que salir perfecto, comenzar puede resultar más difícil porque hacerlo implica enfrentarnos a la posibilidad de equivocarnos. La APA señala precisamente la relación entre la procrastinación y determinados tipos de perfeccionismo, especialmente cuando existe una fuerte autocrítica.
El problema de “mañana lo hago”
El alivio que sentimos al posponer una tarea es inmediato, pero sus consecuencias suelen llegar después.
La tarea continúa pendiente, el tiempo disponible se reduce y puede aparecer preocupación, culpa o estrés. Esto puede llevarnos a procrastinar de nuevo para escapar de esas emociones.
Así se crea un círculo:
Tarea pendiente → malestar → la posponemos → alivio momentáneo → vuelve la preocupación → volvemos a posponer.
Cuando este patrón se mantiene en el tiempo, puede afectar a nuestro bienestar y aumentar los niveles de estrés.
La procrastinación frecuente también se ha relacionado con problemas de salud mental y física, aunque esto no significa que procrastinar ocasionalmente sea necesariamente perjudicial.
Entonces, ¿cómo podemos empezar a romper el ciclo?
El primer paso no tiene por qué ser “ser más disciplinados”. Puede ser entender qué estamos evitando realmente.
Antes de dejar una tarea para después, podemos preguntarnos:
¿No quiero hacerlo o no quiero sentir lo que me provoca hacerlo?
A partir de ahí, puede ser útil dividir una tarea grande en pasos pequeños, reducir las distracciones y empezar por una acción sencilla en lugar de pensar en todo lo que queda por hacer.
También es importante evitar castigarnos por haber procrastinado. La investigación sobre el tema señala que la autocompasión y el perdón hacia uno mismo pueden ayudar a reducir el ciclo de culpa y favorecer una mejor regulación emocional.
Comprender por qué procrastinamos es también una forma de entender mejor nuestra relación con las emociones, las obligaciones y la presión que nos ponemos.
¿Sientes que procrastinar está afectando a tu día a día?
Entender qué hay detrás de este comportamiento puede ser el primer paso para cambiarlo. Si quieres trabajar en ello, nuestro equipo de Psicología puede ayudarte.
Contacta con Health Valencia Academy y te informamos.
